Ocho horas

   
   Fui obligado a regresar al trabajo. Caminé a través de un pasillo largo y estrecho, de paredes grises y sucias. Un par de tuberías metálicas, pintadas de rojo, trascurrían pegadas a la pared como si indicasen el camino a seguir a los trabajadores.

   De pronto me fui consciente de que estaba rodeado de gente mal encarada, que tenía a su alcance  sierras, cuchillos, mazas y clavos.

   Alguien toco mi hombre y me sobresalté. Lo hice sin querer, pero mi encargado terminó con un clavo en la garganta. Un chorro de sangre regó mi rostro como si fuera césped sediento. Era cálida y sentí cierto placer depravado cuando se deslizaba hacia mi cuello, como un torrente de agua y barro.