Leyenda de un deceso

    
    Era casi media noche cuando apareció la figura de un hombre arrodillado junto a una tumba reciente. De la bruma que rodeaba el cementerio escapaban los sollozos marchitos de la soledad. Fidel era consciente de su desesperada situación. Ahora que se había hecho pública su condición sexual nadie le contrataría, su carrera como arquitecto había terminado, y lo que era todavía peor, no estaba capacitado para ejercer ninguna otra profesión.   
    Sus ahorros se evaporaron en pocas semanas como el agua de un charco, y se vio abocado a la mendicidad para poder sobrevivir. Fueron meses de frío en los huesos y rugidos en el vientre, hasta que un día su suerte cambio.
    Limpiando los cajones del escritorio descubrió unas páginas que Pablo había olvidado en su casa antes de morir. Los acercó a su nariz para olerlos como a una flor de primavera, embriagándose con la fragancia de su amado. 
     Pablo había estado escribiendo aquella tarde, mientras Fidel leía sentado en su butaca preferida. Fidel leyó aquel hallazgo por primera vez, y reconoció la brillantez de las palabras que contenía. Una lágrima escapó de sus ojos al tiempo que una idea se formaba en su mente. Tal vez, si pudiese vender aquellos poemas a una revista bajo pseudónimo, pudiese ganar lo suficiente para no pasar hambre durante una temporada.
    Los poemas fueron aceptados por la primera revista que los recibió. Eran verdaderamente excepcionales, y así lo entendieron, pagando una buena suma por ellos.
    Fidel comió como era debido, y su vida pareció mejorar después de tantas desdichas. Pero la felicidad es una viajera errante, y un día partió de nuevo, dejando a Fidel otra vez con el estómago y los bolsillos vacíos.
    Como tantas otras veces, alrededor de la media noche, Fidel se arrodilló junto a la tumba de Pablo. Esta vez acarició el frío mármol con dulzura, como había hecho tantas veces con su rostro en la intimidad de la alcoba. Luego lloró desconsolado, rogó al cielo y al mismo diablo que le ayudasen, que se apiadasen de él. Pero no obtuvo respuesta ni del cielo ni de la tierra.
    El abatido Fidel se puso en pie. Sobre su cadavérico rostro se dibujaban pensamientos oscuros, que ya era incapaz de ocultar bajo la superficie. Entonces un hecho milagroso y siniestro hizo girar la ruleta del destino. Unas palabras habían comenzado a formarse en blanco mármol de la lápida. Primero fueron una fina línea casi transparente pero con el tiempo las palabras se hicieron legibles. Pablo había respondido con un poema a los trágicos pensamientos de Fidel. Este memorizó los versos, y corrió hacia su casa para anotarlos antes de que se desvaneciesen en su mente.
    A la mañana siguiente consiguió vender el poema por un buen precio,  comenzando así una nueva etapa en la vida de Fidel. Cada domingo paseaba hasta el cementerio con un lápiz y un papel en el bolsillo de la chaqueta. Y cada domingo Pablo respondía desde su tumba. Los lunes Fidel madrugaba para entregar el texto a la revista y cobrar su paga.
     Pero aquel círculo se rompió de la forma más inesperada. Cierta mañana de domingo, una pareja de jóvenes fue a visitar a la abuela de la muchacha en el aniversario de su fallecimiento. Bien conocido es el gusto del ser humano por las habladurías, y en la conversación que mantuvieron se mencionó que Fidel había encontrado un nuevo amor. Un forastero venido de Segovia, al que nombraron como Hugo de Lima.
    Cuando aquella noche Fidel se acercó hasta la tumba de Pablo, y retiró del bolsillo el lápiz y el papel para anotar el poema, no pudo dar crédito a lo que leyó en la lápida.
    Tan solo dos palabras se dibujaron sobre el mármol aquella noche aciaga, “Te odio”. Fidel las repitió en voz alta una y otra vez, como un loro, como si no conociese el significado de las palabras.
Asustado, envuelto por las tinieblas del camposanto, retrocedió tratando de alejase de aquella maldición grabada en piedra. Después de unos pocos pasos, su espalda chocó contra algo que no debía de estar allí. ¿Cuántos pasos había andado? ¿Dos? ¿Tres? ¿Cincuenta? Fidel había perdido la cuenta. Su mente fue tomada al asalto por el horror, por un miedo derivado de la certeza de la muerte.
    Como si un hilo invisible tirase de él, su cuerpo fue girando como una peonza hasta que tuvo que afrontar cara a cara el rostro de la venganza.
    Pablo, o más bien, una imagen suya, tenue, casi gaseosa, lo escrutaba con ojos coléricos, con mirada brillante, casi cegadora.
    Fidel trató de explicarse, pero su garganta tan solo emitió algunos balbuceos incomprensibles. Unas manos vaporosas no tardaron en rodear su cuello, dejándole sin aire. El círculo que formaban aquellos dedos fríos y ausentes fue estrechándose. Su piel se tornó del color del cielo, y sus ojos sobresalieron de sus órbitas, como atraídos por el influjo de la luna, igual que sucede con las mareas. En pocos segundos se convirtió en una caricatura de sí mismo, en una copia grotesca que podría haber comprado a cualquier artista callejero por unas pocas monedas.
    Las campanas tañían en la espadaña cuando la vida de Fidel se extinguió. Nada dejó en este mundo, más que un grito ahogado y un amor de primavera. Cuando fue encontrado por el sepulturero en el despuntar de un lunes, no quedaba de él más que despojos de un ser humano. Junto a su cuerpo hallaron un lápiz y un trozo de papel, en el que con letra temblorosa habían escrito “Te odio”.
    Se cuenta que desde aquel día, todos los domingos a media noche, durante unos segundos, pueden leerse en la lápida de Pablo poemas de desamor, tan tristes y desconsolados, que quien alcanza a leerlos queda sumido en una eterna melancolía.
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