El bosque

    
 

    Hugo corría campo a través huyendo de la pandilla de Toni. Las ramas bajas de los árboles le azotaban el cuerpo y la cara cada pocos metros.  Desorientado y falto de aliento se detuvo en medio del bosque para recobrar fuerzas. Se dio cuenta de que ya no escuchaba más que el latido de su corazón, era como el retumbar de un tambor en una cueva. Afinó el oído intentando aislarse de aquel sonido ensordecedor. Distinguió el canto de algún pájaro que no supo identificar, tal vez alguna liebre escarbando una madriguera, pero nada que se le pareciese a un grupo de preadolescentes en plena cacería.

    Cuando recuperó el aliento y expulsó el miedo de su cuerpo, emprendió el camino de regreso a casa. Con la agitación del momento no había prestado atención a que ruta había seguido, y tras algo más de media hora deambulando por el bosque, comprendió que se había perdido.
     El día ya languidecía cuando Hugo tropezó con una rama y cayó a un gran hoyo que estaba oculto tras la maleza. Fue una caída de varios metros, y Hugo perdió el conocimiento. Cuando despertó, las estrellas ya brillaban en un cielo sin nubes. Sintió un dolor punzante en la nuca, se sentó en el suelo y se palpó la parte trasera de la cabeza con la mano. Bajo el influjo de la luna, su sangre parecía negra como el petróleo. 

    ─¿Ya te has despertado bello durmiente? ─ dijo Toni.
    El rostro de Hugo se volvió pálido como el mármol por el miedo. Se alegró de que fuera de noche y de que Toni no pudiera darse cuenta.
    ─¿Te has quedado mudo?

    Toni rió tan fuerte que parecía que los pulmones iban a explotarle. El resto de la pandilla se le unió como el coro de una iglesia. Hugo se puso de pie a duras penas y retrocedió a pequeños pasos hasta chocar con la pared del hoyo. No se consideraba un cobarde, pero no podía negar la evidencia, enfrentarse a cuatro muchachos dos años mayores que él era una locura. Siguió reculando, bordeando la pared del pozo en un juego del escondite que no podía ganar.

    Apenas le quedaban un par de metros cuadrados donde moverse cuando tropezó con algo y cayó sobre unos arbustos.  La pandilla volvió a reír con estrépito, y Hugo les odió con mayor intensidad.     Entonces comprendió porqué reían, tras los arbustos, como marionetas guardadas en una caja después del espectáculo, se amontonaban los cuerpos de los cuatro chicos.
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