Sepulcro


En esta carta le hago participe de una historia que me fue revelada hace muchos años, mientras cursaba mis estudios de medicina en la universidad de Blouton Dale. Ocurrió durante una visita al que más tarde sería buen amigo mío William Baker. Creo que por ser extraña y sobrecogedora a partes iguales puede ser de su interés.

William y yo habíamos coincidido en clase de fisionomía y entablamos una animada conversación al terminar el horario lectivo. Me invitó a proseguir la conversación en su casa de la calle Blind. Allí avivamos nuestras lenguas con un licor y pasada la medianoche William tomó la palabra.

─ A mediados del siglo XVIII la esposa de uno de los hombres más ricos de la ciudad murió repentinamente. Los doctores no acertaron a dar ninguna explicación al fallecimiento de la dama. El marido, llamado Arnold Spencer, se marchitaba por la pena de haber perdido a su joven esposa. El viejo la había conocido durante un viaje por el norte del país. Era hija de unos granjeros que no dudaron en desposarla a cambio de una bolsa repleta de dinero.

» Al contrario de lo que pudiera pensarse, en la pareja floreció el amor, y durante los diez años que duró el matrimonio se consagraron el uno al otro.

─ ¿A dónde quiere ir usted a parar con esta historia? ─ le interrumpí.

─ Tenga un poco de paciencia ─ dio un sorbo a la todavía humeante taza de té con cierta complacencia ─. Pero para hacerle feliz me ahorraré algunos detalles de los años felices y pasaré a narrarle los hechos determinantes de esta historia.

Asentí con un leve movimiento de cuello, y me preparé para escuchar el resto de la narración.

─ Como le decía, tras estos años de felicidad, la joven esposa falleció. La pena de Arnold crecía con el transcurrir de las horas, y comenzó a temer por la salvación del alma de su esposa. Ya conoce cuán importante era ese asunto en aquellos tiempos…

» El mismo día del entierro visitó al sepulturero para proponerle un trato de lo más inusual. A cambio de una importante suma de dinero, Bernard que así se llamaba el enterrador, cavaría un sepulcro donde pudiese estar sentado Arnold junto al féretro de su esposa. La losa se cerraría durante el periodo de una semana tras el cual Bernard volvería a descorrer la losa para que Arnold pudiese salir.

─ ¡Pero qué cosa más absurda! ¿Qué pretendía ese hombre con eso? ─ vociferé.

─ Arnold quería asegurarse de que el alma de su difunta esposa ascendía al cielo. Sabía que no podría soportar la incertidumbre de pensar que tal vez su espíritu hubiese sido reclamado por los habitantes del inframundo.

» Durante el sepelio se ocupó de que todos los asistentes conociesen que aquella misma tarde emprendía viaje para dar la mala noticia a sus suegros. Una vez se hubieron marchado todos, descendió al sepulcro equipado con una lámpara de petróleo, una manta, agua en abundancia y comida para una semana. Bernard hizo un orificio de respiración y cerró la tapa sobre su cabeza.

─ ¡Vaya! Un experimento realmente interesante si obviamos las circunstancias que le impulsaron a llevarlo a cabo. Ese Arnold fue un adelantado a su tiempo. Pero digame, ¿a dónde escapó el alma de su esposa?

─ Bueno, todavía no hemos llegado a ese punto de la historia. Las horas transcurrían despacio en el sepulcro para Arnold. Había poco o nada que hacer en aquella oscuridad solo rota por la lámpara de petróleo. Su única actividad era mirar el ataúd de su esposa construido en firme madera de roble. Esperaba que de un momento a otro el alma de Ginna saliera volando para reclamar su lugar junto a nuestro señor. No podía permitirse dormir ni un solo minuto y tampoco descansar aquellos viejos ojos fatigados por la edad y la luz de la lámpara.

» Pasaron las horas y los días, pero el alma de su esposa seguía sin abandonar su cuerpo, ya fuese para ascender al cielo o para bajar a los infiernos. El cansancio hacía mella en el anciano cuerpo de Arnold, y la impaciencia y la vigilia en su mente. El viejo ya no era capaz de calcular cuánto tiempo llevaba bajo tierra. Comenzó a hablar solo, al principio fue un simple murmullo, más tarde habló en voz alta, y finalmente lleno el sepulcro con gritos y aullidos.

» Arnold era ajeno a todo lo que ocurría más allá de aquellas cuatro paredes de tierra. Desconocía que Bernard había sido víctima de la enfermedad. Padecía fiebres altísimas y deliraba en su cama. Durante varias semanas permaneció postrado sin ser capaz de caminar siquiera unos pasos. Había olvidado incluso el trato que había hecho con Arnold aquella triste mañana de octubre.

» Cuando la fiebre desapareció y recuperó la lucidez de su mente, acudieron todos esos recuerdos como un hacha clavándose en su cabeza. Abandonó la cama y salió de la casa a medio vestir. Se ajustó el calzado y corrió calle abajo hasta el cementerio que llevaba semanas sin visitar. Todavía confundido y alterado dudó sobre el emplazamiento del sepulcro de la joven Ginna. Entonces creyó escuchar un grito. Parecía el lamento de un animal herido que emergía desde las entrañas de la tierra.

» Guiado por aquel gemido lastimero no tardó en encontrar la lápida que ocultaba a los dos amantes. Ayudándose de una palanca descorrió la tapa y descubrió al viejo diablo con las rodillas contra el pecho. Sus ojos semejantes a los de un topo lo escudriñaban resguardándose del brillo de la luna llena. Bernard enfocó con su linterna el sepulcro y la luz le reveló el horror más absoluto.

» Arnold desesperado por el hambre había comido partes de su mujer. Las primeras veces las había cocinado con la lámpara de petróleo, pero cuando se acabó el combustible había continuado devorándola cruda. El suelo estaba cubierto por pequeños trozos de carne y hueso, y por una masa fango reseco compuesto de sangre y tierra.

» Bernard, que aturdido por la espantosa escena no había prestado atención a los llantos del viejo, finalmente dio significado a lo que hasta aquel momento había sido tan solo un rumor: “sigue dentro, sigue dentro” repetía entre sollozos. La mayor pena del viejo no había sido comerse a su esposa, sino que la había devorado sin que su alma hubiese abandonado su cuerpo. El canibalismo, la oscuridad, la soledad, todo había colaborado para que aquel reputado hombre se hubiese convertido en el más terrible de los monstruos. Quizás él no consiguió descubrir si su esposa ascendió al cielo, pero Bernard no tuvo ninguna duda de que Arnold había conocido el infierno.

» El sepulturero ante tal visión fue  víctima del pánico. Golpeó al viejo con la palanca que todavía sostenía en sus manos. Si llegase a conocerse este triste episodio de la historia de Blouton Dale lo despedirían, y con toda probabilidad sería juzgado y encarcelado hasta el día de su muerte. Así que Bernard siguió golpeando la cabeza de aquel viejo loco una y otra vez, salpicando las paredes de tierra con los sesos  hasta que las fuerzas del sepulturero dijeron basta. Rendido por el cansancio y la desesperación Se arrodilló junto a la lápida, y entre profundos gemidos volvió a sellar la tapa para no volver a abrirla jamás.

─ ¡Es terrible! Suerte que tan solo sea una leyenda ─ dije consternado.

William sacó de un cajón un libro decrepito y lo levantó con su mano derecha para que fuera bien visible.

─ También yo creía que era una leyenda, hasta que encontré este diario. Está firmado por Bernard H. Mills, enterrador de Blouton Dale entre 1745 y 1762.
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