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Asesinas de felpa: Matilda


    Los padres de Irina despertaron aquella mañana de buen humor. Habían dormido plácidamente, y fueron a la habitación de su hija antes de  ir a tomar el desayuno. 

    La niña tenía pesadillas desde hacía tanto tiempo, que no era capaz de recordar cuando habían comenzado. Eras muy pequeña, le decían sus padres, no te preocupes, pronto desaparecerán. A estas alturas ya sabía que sus padres solo trataban de consolarla, las pesadillas no desaparecerían pronto, tal vez nunca. Sin embargo, sus palabras la reconfortaban, aunque fuese tan solo durante unos instantes. Unos valiosos segundos de calma en aquella tempestad constante que era su mente pueril. Entonces se acurrucaba en la cama y sonreía con profusión, tratando de disfrutar intensamente su tan etérea felicidad.
    Un día, viéndola sonreír, su padre decidió comprarle un muñeco de felpa para que lo abrazase y estrujase tanto como necesitara. Visitó varias tiendas de juguetes buscando el peluche perfecto para su amada hija. Al atardecer, ya convencido de que aquel día no encontraría el regalo adecuado, se sentó en un banco a la sombra de una encina. Entonces vió aquellos ojos clavados en él. Unos ojos de botón, de los que hoy en día ya no se encuentran, reemplazados por materiales plásticos más modernos. Quizás la muñeca no fuera la más bonita que hubiera visto aquella tarde, pero tenía un encanto especial. Poseía ese encanto que tienen las cosas antiguas hechas a mano, y que el tiempo se encarga de potenciar. 
    Sin pensarlo más, se levantó y cruzó la calle. Empujó la puerta de la tienda, entrando en la pequeña juguetería acompañado por un alegre campanilleo. 
    ─¿Qué se le ofrece? ─ preguntó el tendero. 
    El hombre se quedó esperando una respuesta mientras miraba por encima de unas gafas de lentes minúsculas, que se descolgaban de sus orejas. 
    ─Quiero esa muñeca vieja que tiene en el escaparate, por favor. 
    ─Ah, quiere a Matilda. Excelente elección, pero no hable así de ella, podría ofenderse.
    El tendero soltó una carcajada incómoda. Se secó las manos con nerviosismo en el delantal beige que llevaba a la cintura, y volvió a mirar al comprador con aquellos pequeños ojos de pescado.
    ─Está bien, está bien. Pues deme a esa encantadora muñeca del escaparate ─ dijo el padre de Irina dibujando una sonrisa forzada con sus labios ─. Ya es tarde, me esperan para cenar, no hace falta que la envuelva ─ añadió al ver la presteza con que se desenvolvía el tendero.
    Una hora más tarde se colaba a hurtadillas en casa. Encontró un plato de lentejas frías sobre la mesa, y las luces apagadas. Había llegado demasiado tarde para dar una sorpresa a Irina. La niña hacía más de una hora que se había acostado. Subió las escaleras y entreabrió la puerta con sigilo, evitando producir ese chirrido desagradable que siempre se prometía eliminar.
    La niña estaba dormida. Las pesadillas todavía no habían comenzado, y trataba de descansar tanto como pudiese antes de que afloraran en su vulnerable mente. Su padre se acercó a la cama, y dejó la muñeca junto a la chiquilla. Luego se retiró con la ilusión de despertar por la mañana con los gritos de alegría de su hija.
   
    ─No te oí llegar anoche ─ dijo su esposa cuando se levantó para descorrer las cortinas.
    ─No quise despertarte. Me pasé toda la tarde buscando la muñeca.
    ─¿Hubo suerte?
    ─Sí, sí. Se la dejé en la cama para que fuese lo primero que viera cuando despertara.
    ─Ahora que caigo, esta noche no ha gritado. Creo que has acertado de lleno─ dijo con dulzura ─ ¿Qué tal si vamos a ver a nuestra princesa?

    Irina despertó en mitad de la noche cuando las pesadillas regresaron. Como tantas otras veces, un hombre encapuchado la perseguía através de unos estrechos callejones hasta acorralarla contra un muro de ladrillo. En aquellos momentos solo existían dos alternativas de salvación: trepar un muro de varios metros de altura, o enfrentarse frontalmente con su acosador. Irina, sin embargo, se acurrucaba en una esquina. Temblaba como una hoja mecida por el viento, mientras su agresor se acercaba con lentitud, saboreando el miedo de la niña, y alimentándose de él. Cuando la niña sentía el aliento de aquel monstruo sobre su delicada piel, no podía refrenar el ansia irremediable de una curiosidad morbosa. Entonces abría los ojos, y miraba frente a frente a su enemigo.
    La cara de aquel ser era más la de un espantapájaros que la de un hombre. Su piel parecía estar hecha por tiras de piel pegadas entre sí con alguna sustancia viscosa. Sus cabellos eran como paja reseca por el sol del verano, y su nariz no difería mucho de un rabano arrugado y deforme, que rugía como una locomotora al respirar.
    En aquel momento gritaba tan fuerte como le permitían sus pequeños pulmones. Y lo hacía mientras le quedaba un gramo de aire. Y seguía gritando incluso después, cuando ya no había aire, y la sangre se había paralizado en sus venas, y los impulsos eléctricos ya no viajaban de una neurona a otra.
    Entonces despertaba y abría los ojos. Y sus ojos no pestañeaban, tan solo escrutaban la profunda oscuridad que envolvía a su pequeña habitación de niña. Aunque la oscuridad la hacía mucho más grande, quizás tan grande como el universo. Porque Irina no era capaz de ver donde terminaba, y tampoco era capaz de levantarse de su cama para comprobar que las paredes y la puerta seguían allí.
    Permanecía inquieta durante algún tiempo, y luego la oscuridad volvía a mecerla en su seno, y la calmaba. La acogía con cariño y la envolvía con la tranquilidad de un estanque hasta que Irina volvía a dormirse. Y una vez más, la llevaba hacia su eterno verdugo.
    Pero algo fue diferente aquella noche. Irina abrió los ojos y sintió el tacto amable y mullido de una muñeca contra su mejilla. Estiró su brazo derecho, y atrajo hacia su pecho al peluche. Se sintió reconfortada y la paz le sobrevino de improviso. Sus músculos se relajaron y comenzó a acariciar a su salvadora y amiga.
    Sus delicados deditos llegaron hasta la cara de la muñeca, y poco después hasta los ojos cosidos con un hilo burdo y áspero. Las yemas de los dedos transmitieron la información al cerebro como un relámpago. Aquellos ojos, aquellos ojos de botón, que tantas veces había visto conjugados con un pelo pajizo, y una nariz tuberculosa, estaban siendo acariciados por sus cándidas manos. El horror se extendió por todo su cuerpo como una infección. Su respiración se detuvo, y su grito quedó apagado por el vacío de sus pulmones.
    Matilda ya se estaba cobrando su venganza. El padre de la chiquilla la había llamado vieja, y ella se lo iba a hacer pagar muy caro. Estiró su puño mullido hasta la boca de Irina. La niña boqueaba intentando robar un poco de aire a la habitación, pero la muñeca no iba a permitírselo. Le tapó la boca con su mano sin dedos, y la mantuvo firme hasta que Irina dejó de luchar.

    Los padres de la niña abrieron la puerta aquella mañana sombría esperando verla sonriente y feliz. La imagen que encontraron fue bien distinta. La pequeña estaba tumbada en la cama con los ojos clavados en el techo, con la boca abierta, y algunos trozos de felpa enganchados entre los dientes.

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