Zicatrizes, libro 1º, capítulo II: Zerda


- Ahora que estamos a punto de convertirnos en zombis, tengo que confesarte algo - dijo Víctor.

- ¿Y tiene que ser ahora? Mira que tengo cosas de las que preocuparme, o despreocuparme, según se mire. Bueno, a tomar por culo. ¿Qué me vas a contar?

- Me da mucha vergüenza, pero ha sido un secreto desde hace muchos años, y tengo ganas de soltarlo. Joder, que dentro de unos días se me caerá la polla a cachos.

- Pues tú tienes suerte que todavía tienes una. A mí explotó ayer como si fuera un grano de pus.


- No hace falta que me lo jures, todavía tengo el sabor en el paladar. No se me va ni con salfumán.

- ¿Has bebido salfumán? ¿Estás loco o que te pasa? - dijo Ben echándose las manos a la cabeza.

- No me lo he bebido listillo, tan solo he hecho gárgaras.

Diiiiing, el móvil de Víctor sonó por enésima vez aquella mañana.

- ¿No vas a contestar?

- Seguro que es mi mujer, y no me apetece lo más mínimo. A ver como le explico que me estoy  convirtiendo en zombi porque ayer me tragué un trozo de tu nardo. Seguro que me toca dormir en el sofá.

Ben cogió un puñado de castañas asadas, y las mastico mientras pensaba en el vuelco que habían sufrido sus vidas en tan solo una semana. Víctor había sido siempre el más cabal de los dos, y ahora de repente se enjuagaba la boca con salfumán, sin duda la transformación zombi ya había comenzado a cambiarle.

- Bueno, ¿y qué era eso que me tenías que contar? Abrevia antes de que se te zombifique el cerebro.

- ¿Recuerdas aquel día en el que entraste en la granja del director Sánchez para ordeñar a una cerda?

- Jajaja, claro que sí. Todavía tengo cicatrices en mi trasero de los revolcones que me dio.

- A ver si te hace tanta gracia esto. Me la follé.

- ¡¿Qué?! Tú no estás bien de la azotea.

Diiiiing.

- Fue a hablar el folla-zombis

- Pero eso fue distinto, yo no sabía que era una zombi. ¿Me quieres decir que no sabías que era una cerda? - protestó Ben


- Lo sabía, claro que lo sabía. Tenía las hormonas por las nubes, qué digo las nubes, estaban en la luna. Y  algo tenía que hacer para entretenerla, no te iba a dejar arriba del árbol hasta que se durmiese, ¿no?

- Ahora resultará que lo hiciste por hacerme un favor. Pues menos mal que no me perseguía una mantis, sino no quedaban de ti ni los zapatos.

- Tú búrlate luego todo lo que te plazca, pero déjame acabar de contarte esto. El tema es que hace un par de semanas vi un documental sobre el virus zombi. Y no te imaginarás que animal es el portador de la enfermedad...

- No sé, ¿tu suegra?

- Era la otra posibilidad que estaban investigando, pero resulta que no. Que son los cerdos. Oing oing, ¡los cerdos!

- ¿Y qué me quieres decir con eso?

Ben se estaba poniendo muy nervioso con el tema de la cerda. De repente estaba descubriendo que no conocía a su amigo en absoluto.

- Resulta que cuando Betty y yo...

- ¿Betty? ¿Le pusiste nombre a la cerda?

- De alguna manera la tenía que llamar, joder. Tampoco creo yo que sea alto tan raro. Tu perro también tiene nombre, ¿no?

- Sí, Dandy también tiene nombre. Pero no me lo follo, que quede bien clarito.

- Pues ya es raro con lo salido que iba tu cipote zombi la semana pasada...

- Venga, termina de contarme lo de la cerda que al final te voy a dar una galleta - amenazó Ben.

- El día que ocurrió lo de Betty, me transmitió el virus de la enfermedad, y he sido portador desde entonces sin saberlo.

Diiiiiing.

- ¿Y tu mujer no se ha infectado?

- Yo que sé a cuantas habré infectado. Quizás todo el mundo esté infectado por mi culpa. Incluso tú.

- Ahora si que te doy la galleta. ¡Como me haya explotado el cipote porque te dio por trajinarte a una cerda te mato!

- Tranquilo, que seguro que a esa la infectó otro, ¡pero si yo no la conocía!

- ¿Y tú qué sabes si la conocías o no?

- Pues también tienes razón - concedió Víctor.

Los dos se quedaron en silencio durante un buen rato, comiendo castañas al resguardo de una mesa camilla. Desde que se había iniciado su transformación en zombis tenían predilección por los frutos secos.

- A todo esto, ¿y ahora como meas?

- Como una señorita. Y tú desde que te cepillaste a Betty, ¿puedes comer jamón?

- Eso ha sido un golpe bajo - protestó Víctor.

- Venga, para que veas que no te guardo rencor te confesaré también yo una cosa.

- Eso venga. Esto va a parecer una fiesta de pijamas zombi.

- Jajaja, vaya una fiesta. Dos maromos leprosos que se calientan los pies bajo una mesa camilla. Bueno, allá voy. ¿Recuerdas cuando me enteré de que las mujeres que me estaba cepillando estaban muriendo porque sus bebés zombis las devoraban por dentro?

- Claro melón, me lo dijiste ayer.

- Pues cuando me di cuenta de lo que estaba pasando quise hacerte un favor.

Diiiiiiing

- ¡Joder que pesada con los mensajes! - Víctor cogió el móvil de encima de la mesa, y se puso a repasar la retahíla de mensajes que le había estado mandando su mujer. De improviso dejó caer el teléfono al suelo y su cara se transformó - ¡¿Te follaste a mi suegra?!

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