Vesanía

Ocurrió casi sin darme cuenta. Un día lo simplemente lo vi. Tenía la espalda apoyada contra la valla que separaba la calle del jardín de Drattyfield.  No iba a prestarle atención, no iba a hacerlo, pero cuando pasé junto a él,  oí una carcajada. Aquella risa pareció salida de una caverna oscura y sin fondo. Me estremeció de tal modo, que no me atreví a voltear la cabeza para mirarlo. Pero lo vi. No sabría explicar cómo sucedió. Yo miraba al frente, caminando tan rápidamente como mis temblorosas piernas me permitían.

Aquellos extraños ojos estaban clavados en mi espalda. Aquella mirada parecía saberlo todo sobre mi persona. Se burlaba de mi futuro. Se mofaba de mi muerte, ocaso de la vida tal como todos la conocemos. Su sonrisa era grotesca, llena de malicia. Su rostro había sido labrado con profundos y extraños pliegues. Su físico no podría definirse como humano. Era algo indefinido, pero evidente para un buen observador.  Luego guardó silencio. Solo aquella risa. Una carcajada que volví a escuchar en mis sueños aquella misma noche. Y la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente...

Parece increíble que algo tan nimio pudiera afectarme de este modo. Una simple risa. Creerán que estoy loco. Sí, sí, reconózcanlo. Pero les advierto que no son los únicos.  Dejé de tener trato con mi familia. Querían internarme en un sanatorio. Así lo llamaban, sanatorio. Pero yo sabía a qué se referían. A una celda oscura, donde encerrar al pobre loco. Un lugar donde esconderlo para siempre, y luego tirar la llave.

Así que huí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Huí y la busqué. Busqué aquella risa, en cada calle, en cada parque solitario, entre las sombras de los árboles. Pero no la conseguí encontrar jamás. Solo aparecía de noche, en mis sueños. Resolví entonces en deshacerme de ella. No deseaba oírla nunca jamás.
Dejé de dormir. Pasé las noches caminando por las frías y  vacías calles, anhelando ver la claridad del alba. Algunas veces, la llamada de Morfeo era tan fuerte, que solo conseguía escapar de ella hundiendo en un pequeño cuchillo en mí cansada carne. Mi cuerpo pronto se plagó de cicatrices, repartidas de forma aleatoria por toda su extensión. Los transeúntes rehusaron mi presencia, y apartaban la mirada de un hombre que dejó de serlo hace mucho tiempo.

Pero todo ha merecido la pena. Ya no oigo aquella risa. Ya es solo una pesadilla que se pierde en mis recuerdos. Quizás no fuese real, pero no tengo el valor suficiente para intentar averiguarlo. El terror a a oírla de nuevo me atenaza. Entonces rio. Rio como un loco. Una sola carcajada. Y tan solo eso me basta para recordar que fue real.

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