En la oscuridad

El crujir de la madera, el goteo de una tubería y el hedor a fruta podrida, eran la única realidad que conocía desde que llegara a aquel lugar. Aquel era un sitio húmedo, de paredes rugosas y desniveladas, de techos bajos y espacio más bien reducido. Todo parecía preparado para el completo malestar de su inquilino. La comida le llegaba desde arriba. Se abría una trampilla y oía el golpe de un bote contra el suelo. Entonces tenía que tantear con la mano hasta encontrarlo. Si era afortunado, el bote estaba intacto y podía comer de su interior usando su mano a modo de cuchara. Si no lo era, el bote se rompía en la caída, y la comida quedaba esparcida por todas partes, sumándose a la podredumbre del lugar.

Sus captores todavía no le habían hablado. Tal vez no tuvieran nada que decirle. De todos modos, no importaba. No obtendrían nada de lo que pretendiesen, y desde luego nadie pagaría un rescate. Notso no tenía familia ni amigos, y mucho menos dinero ahorrado. Desde que sus padres eligieran ese nombre tan extraño para él, todo en su vida había ido de mal en peor. Pronto quedó huérfano, al cuidado de unas monjas clarisas. Aunque no le proporcionaron una educación académica, al menos aprendió a escribir y a leer. También recibió un sin fin de palizas y azotes por su comportamiento desmedido. Así lo llamaban ellas, eran tan ingenuas después de todo. A los catorce años lo expulsaron del convento. A tan tierna edad, se encontró solo en las calles, en unos tiempos en los que de nada servía ser trabajador y tener buenos propósitos. Pero tampoco fue tan malo. Estaba acostumbrado a los golpes, y ya casi los agradecía.

Más tarde se enroló en un barco pesquero. El trabajo era duro, y la paga escasa. Se encontraban faenando una tarde cuando les sorprendió una tormenta. No era la mayor de ellas, si quiera destacable. Sin embargo, la embarcación era pequeña, y uno tras otros, los marineros fueron cayendo al mar. Tres días más tarde, el pesquero fue encontrado cerca de una playa, encallado en un banco de arena. Notso, fue el único superviviente, tuvo que contar muchas veces la aciaga historia de aquella noche de tormenta. Omitió ciertos detalles, como el hecho de que él mismo empujara a cada uno de los marineros por la borda. Pero nadie pensó ni por un momento que tal cosa hubiera sucedido. Era un superviviente, un héroe. Por un precio irrisorio consiguió adquirir el barco. Tan solo por el placer de vivir con la muerte, pues nunca pensó en salir a faenar. Lo atracó en el puerto e hizo de él su hogar. 

Tiempo después, el rumor de unas extrañas muertes en el puerto, corría como la pólvora entre los marineros. Ninguno se sentía seguro, y siempre iban a todas partes en grupo. A pesar de ello, seguían desapareciendo marineros cada semana. Pero Notso no se asustaba con cualquier cosa. Era una motivación en su anodina vida de pesca con caña, y cenas a la luz de las estrellas. Se dejaba ver solo, paseando por el muelle cada noche. Finalmente, un martes de otoño fue asaltado y llevado a aquel sótano de mala muerte donde esperaba tranquilamente.

Ellos pronto se impacientarían, bajarían con cualquier pretexto. Le golpearían, se pondrían a su alcance, y entonces, podría disfrutar de nuevo de la muerte. Y volvería a reaparecer como un héroe para la sociedad.



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