Yo, espíritu

04/02/2015

Atravesaron el umbral. Una mujer, de gesto avinagrado, les indicó con un gesto que esperaran la llegada del brujo. Tras los cortinajes de terciopelo verde, que separaban la entrada del resto de la casa, se escuchaban varias voces, aunque era imposible distinguir sus palabras. Parecían irritados, y durante algún tiempo, pensaron que llegarían a las manos. La mujer que había abierto la puerta, asomó la cabeza entre las cortinas y las voces callaron. Un silencio sepulcral se apoderó de la casa. Podía sentirse el crujir la madera en aquel viejo caserón. La cabeza de la mujer regresó a la entrada indicándoles que pasaran, mediante un susurro inaudible.

Encontraron una gran sala vacía, excepción hecha de una mesa redonda de tamaño medio, rodeada por cinco sillas viejas, fabricadas con madera de roble.

-Tomen asiento, el brujo pronto conectará con el mundo de los espíritus – dijo la mujer mientras volvía a desaparecer tras unas cortinas situadas en el lado opuesto de la habitación.  
Todos tomaron asiento alrededor de la mesa. Guardaban silencio, temiendo romper algún  encantamiento que recayese sobre la casa. Sentían un halo de magia, algo inexplicable, quizás sobrenatural, que lo impregnaba todo.


La mujer volvió a aparecer tras las cortinas. Esta vez seguida por un hombre de edad indeterminada, ni joven ni viejo.  Era imponente, alto y fornido, vestido con una original túnica roja, decorada con ribetes descendentes repartidos heterogéneamente. Se sentó sin saludar a los recién llegados, y cerró los ojos.

-Sé a que han venido aquí. Pero explíquenme, ¿por qué han venido? – dijo manteniendo los ojos cerrados.

Los cuatro se lanzaron miradas furtivas, negociando  quién respondería  a la pregunta del brujo.
-Nos dijeron que usted podía cumplir nuestro deseo. Tenemos entendido que no hay nadie mejor que usted – dijo Etán, proclamándose portavoz del grupo.

-No les han informado mal. Disculpen mi inmodestia, pero a estas alturas menospreciar mis facultades no tiene sentido ya. Antes de comenzar la sesión debo hacerles una pregunta. ¿Están dispuestos a asumir los riesgos que conlleva la sesión? Sean conscientes de que contactar con el mundo espiritual supone ciertos riesgos.

-Sí, sí, por supuesto. Estamos decididos a todo. No somos fácilmente impresionables – respondió Etán con aplomo.

-Así sea. Cójanse de las manos unos a otros – dijo mientras extendía las suyas hacia sus vecinos en la mesa. – Ahora cierren los ojos y no los abran bajo ningún concepto, no importa lo que escuchen, manténgalos cerrados,  o todo podría venirse abajo.

Los cuatro cerraron los ojos al igual que hubiera hecho el brujo un par de minutos antes. El silencio se adueñó de la situación, tensando el alma de los presentes. El brujo inició un ritual jamás escuchado por quienes habían recorrido decenas de videntes y hechiceros. Las extrañas palabras sonaban como un carraspeo, que debía de estar destrozando la garganta de aquel hombre. Entre las palabras se intercalaban algunos gemidos y estertores. Toda aquella escena era insólita. Etán sintió su mano húmeda, mojada más bien. Sabía que no debía abrir los ojos durante el ritual, pero la curiosidad y cierta aprensión se apoderaron de él. Confiando en no ser descubierto durante el incumplimiento de las normas, abrió apenas el ojo derecho, lo necesario para  una recuperación sesgada de la visión.

Vio la sangre que descendía desde el cuello cercenado de su compañero hasta su mano, empapándola de carmesí.  Abrió los ojos por completo a tiempo de ver  con nitidez un cuchillo acercándose a su garganta.

-No se asuste, también usted va a conocer el mundo de los espíritus – dijo el brujo antes de que Etán sintiera el metal hundiéndose en su piel.
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