Noche sin luna


24/02/2015

La noche sin luna desteñía sus cabellos. Diluido en la multitud, nada lo distinguía de los demás. Solo era un caminante entre tantos otros, en aquella populosa ciudad, en una noche cualquiera. 

Pero su noche nada tenía que ver con las otras. No era efímera, ni joven, y nada deseable. La suya era una noche fría, persistente, protectora del dolor de su alma.

Le resultaba difícil calcular cuanto tiempo había transcurrido desde que le sobreviniera la noche. En realidad eso tampoco importaba. En un mundo estático no existía el futuro ni el ahora. Tan solo el recuerdo. Pero también la noche le protegía del él. Le protegía de aquello que se hubiera convertido en su única certeza y referencia, y que habría derivado en locura desde aquel primer y único momento.

En pocas horas el sol saldría de nuevo. La ciudad se volvería ordinaria y presurosa, y sería de nuevo señalado como a un monstruo. 

Durmió hasta que las campanas de la iglesia lo despertaron. Era tiempo de oración. Las campanas eran el único modo en que podía percibir el paso del tiempo. Sacó de su bolsillo un viejo reloj, que heredara de su abuelo. Abrió la tapa. Volvía a marcar las tres, como tantas otras veces. El reloj no estaba detenido, seguía escuchándose el tic-tac del mecanismo. Era su tiempo el que no avanzaba. 

Abrió la ventana. El bullicio de la mañana se coló inmediatamente en la habitación. Sin embargo, todo permanecía oscuro, sin luna.  Las farolas de la calle estaban apagadas, apenas si podía distinguir algo entre aquella atroz oscuridad. Se vistió y bajó las escaleras. Todavía se detuvo en el portal antes de pisar la acera. Intentaba recaudar fuerzas para afrontar la oscuridad del día.

Las tiendas comenzaban a levantar sus persianas. No podía retrasarlo más, debía ir al trabajo, no podía faltar otro día, o lo despedirían. Apoyando su mano derecha en el muro del edificio, se arrojó a la oscuridad, y pronto se diluyó entre la multitud.



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