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El oráculo de Astraghmaat

12/12/2014

La pasarela unía la cima de la gran montaña de Astraghmaat con el oráculo. No alcanzaba los  dos metros de anchura, aunque su tirada era difícil de calcular. No debía de ser inferior a un kilómetro, de eso estaba convencido. 

Comencé a andar intentando no mirar hacia abajo. El fuerte viento, que circulaba a aquella altura, me obligaba a avanzar con las piernas flexionadas, para así bajar mi centro de gravedad. Me golpeaba con tal fuerza los oídos, que no era capaz de escuchar nada, excepto el latido de mi propio corazón. 

Aquellos minutos parecieron durar horas. El cuerpo me dolía por el esfuerzo, y la cabeza debido al viento y a la pobre concentración de oxígeno en el aire. Por un momento pensé que no lo conseguiría. Y debiera haber sido así. Pero era el depositario de las esperanzas de mi pueblo y no podía fallarles.

La hambruna y las enfermedades se habían extendido por nuestras tierras, Yo, como heredero al trono de Hulkam tuve que tomar la responsabilidad. Los augures hablaron. Para salvarnos, deberíamos consultar al oráculo de Astraghmaat. Solo así conoceríamos la razón de nuestra desgracia y como combatirla. Así fue como hablaron los dioses a través del Lhitbiapta, el intérprete de las leyes divinas. 

Desde entonces recorrí bastos territorios durante veinte jornadas, hasta que alcancé la ladera del monte Astraghmaat. Otras tres jornadas empleé en ascender hasta la cima. Y entonces, una vez cruzada la gran pasarela, me encontré ante el gran oráculo, ante la voz de la sabiduría. 

No era como lo había esperado. Había imaginado algo místico. Sin embargo, una especie de cabeza con engranajes y un gran agujero del que salía una luz blanca y cegadora, era todo lo que podía verse.

Tras unos momentos de incertidumbre, una voz mecánica surgió de alguna parte.

- Deposite sus sacrificios en la abertura, gracias -. La voz calló y no volvió a hablar hasta que introduje los sacrificios rituales a través del gran orificio.

-Ahora puede hacer una pregunta - dijo la voz.

-Gran oráculo, he venido aquí porque mi pueblo padece una gran desgracia. ¿Qué debemos hacer para librarnos de ella?

-Espere unos segundo, procesando respuesta...

Permanecí a la espera durante unos segundos. Los segundos se convirtieron en minutos. Los minutos en horas. No podía creer mi desgracia. Me enfurecí, grité al oráculo, le increpé con las más graves blasfemias, pero no obtuve respuesta. El único cambio se produjo en la luz cegadora, ahora era azul.




8º Concurso "Arma una historia basada en una imagen" - Círculo de escritores



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