Phi y el artesano anancástico


Fidias dio dos últimas puntadas cuidadosamente y corto el hilo de nailon. Deposito las tijeras junto con la aguja en una bandeja metálica que tenía a su derecha. Entonces respiró aliviado. "Excelente", se dijo a si mismo.  Había sido un trabajo difícil, aunque probablemente uno de los mejores que había ejecutado. Se alejó unos pasos para contemplarlo con mayor perspectiva. Se sonrió, "un trabajo exquisito", volvió a felicitarse. Salió de la cámara frigorífica y la cerró con llave.

Aquella noche saldría a celebrarlo. Entró en el Nine inch nails, el pub de moda en Blouton Dale.  Pidió una cerveza y  apoyó su espalda contra la barra mientras la saboreaba. Disfrutaba satisfecho del trabajo que había realizado aquella tarde. No obstante, ya pensaba en la siguiente pieza, la última de todas.  Estaba tan cerca de culminar su gran obra, la obra de toda una vida. Era el artífice de algo que trascendería el arte o las matemáticas. Su creación vincularía la mágica, los conocimientos ancestrales, la belleza, el álgebra y la alquimia. Sería recordado hasta el fin de los tiempos. No como un hombre, sino como un héroe, como un dios incluso. Una sonrisa de placer apareció en su rostro embelesado por sus propios pensamientos.


Abandonó su trance, apremiado por el deseo de cumplir su bucólica ensoñación.  Depositó la cerveza sobre un posavasos y se entregó a escudriñar la concurrencia del Nine inch nails. Aquel sitio estaba abarrotado, sin embargo, no era capaz de encontrar lo que andaba buscando. La inquietud se apoderó de él. Tenía muchas esperanzas depositadas en el proyecto. Era exasperante verse retrasado, cuando todo estaba  ya apunto. Se alejó de la barra y se diluyó entre la gente. Su comportamiento era errático, andaba sin un rumbo fijo. De vez en cuando, tocaba la cabeza de alguien y proseguía su deambular.

Salió del local hastiado e intranquilo, casi histérico. Se dispuso a recorrer las calles más concurridas de la ciudad. Su ansiedad crecía por momentos. Una niebla densa se estaba expandiendo en su mente. Vagaba persiguiendo un unicornio que tan solo él sería capaz de ver. Mientras avanzaba implacable y convulsivamente, farfullaba algunas palabras inconexas, pero entre ellas, había una que se repetía con mayor asiduidad, phi.

Ya había amanecido, y las calles estaban desiertas, cuando decidió regresar a casa. Aquella noche de festejo se había convertido en un infierno de frustración. No obstante, no iba a rendirse. Era una obra demasiado importante para dejarla inacabada. Se asearía y retornaría al trabajo nuevamente. La obra debía de ser concluida.

Se miró en el espejo del cuarto de baño después de lavarse la cara. Nunca había reparado en ello, pero su cabeza era asombrosamente perfecta. Una idea surcó su mente como un destello. Corrió consumido por la ansiedad hasta la gran biblioteca que había sido instalada en el desván de la casa. Sobre la mesa se encontraba el manuscrito Voynich, todavía a medio leer. Se dirigió a las estantería del fondo. Rebuscó negligentemente entre los cientos de volúmenes, arrojando al suelo algunos de ellos. Eran libros valiosos, que ahora desdeñaba debido a su obsesión. Por fin, dio con lo que buscaba, un ejemplar de La razón áurea. Estaba guardado entre un ejemplar de Marco Vitruvio y otro de Durero. Conocía el libro casi de memoria, pero necesitaba leerlo una vez más, comprobar que su mente no le estaba jugando una mala pasada. Cuando contrastó la información, tomó las medidas de su cráneo. Efectivamente, coincidían con las citadas por Adolf Zeising en el libro. Había desarrollado una gran habilidad para tomar medidas visualmente. Y tampoco se había equivocado en esta ocasión. Acababa de encontrar la pieza maestra.

Un intenso malestar le embargó. La lucha entre el instinto de supervivencia y la consecución de un fin superior, se había desatado. No podía creer su mala suerte. Quizá no fuera suerte, sino el destino. No podría averiguarlo hasta terminar la gran obra. La gran piedra filosofal que llevaba construyendo desde hacía diez largos años. Y ahora, después de tanto esfuerzo, no podría verla culminada.

Salió al parque para reflexionar. Se sentó en aquel banco, en que tantas veces se había imaginado terminando la gran obra. Culminando la reconstrucción de un cuerpo humano perfecto. Cortando y cosiendo piezas de diferentes cuerpos para crear uno solo, único y perfecto. Creando una totalidad de mayor valor que la simple suma de sus partes. Con la mirada perdida miraba las piedras, las plantas y los animales del parque, sin otorgar ningún valor a su existencia. No, ahora ya no. Ya lo estaba asimilando. Aquel ser de patrones áureos merecía existir. Así debía ser. Sumido en su introspección, no se dio cuenta de que una niña tenía su mirada clavada en él. La misma mirada que el había tenido muchos años atrás hacia su maestro.

Su mentor fue un hombre sabio, oculto tras una máscara, con una sonrisa perenne marcada en la cara a fuego. Que comenzó siendo perturbadora, causándole incluso pesadillas. Pero que más tarde, fruto de la costumbre, aprendió a amar. A pesar de ello, su maestro nunca consiguió ningún avance significativo en la gran obra. Tenía deseo e inteligencia, pero le faltaba brillantez. Con el paso de los años, desalentado, abandonó el proyecto y volvió a convertirse en mimo callejero. Aún así, nunca dejó de visitar aquel parque los viernes por la tarde. Quizá para seguir inspirándole desde la distancia, quizá para animarle con su sonrisa malévola

- ¡Victoria! ven aquí - le ordenó una madre a su hija desde la esquina opuesta del parque.

Este grito lo despabiló. Volvió a casa y dispuso los preparativos para la noche de phi.

Había llevado hasta el centro del parque aquel extraño soporte en forma de cruz. El cuerpo incompleto estaba atado a la cruz con unas gruesas cuerdas, preparado para recibir su última pieza. Frente a la cruz instaló una guillotina. La luz de la luna se reflejaba en la cuchilla ,que ya ocupaba la parte superior del mortal instrumento. Entre ambas dispuso una máquina monstruosa, que parecía haber salido directamente de una pesadilla de Leonardo da Vinci. La máquina sería la encargada de llevar el cesto, con su cabeza cercenada, hasta la cima de la cruz, donde un espacio vacío aguardaba su llegada.
Finalmente llegó el ansiado momento. Acopló su cuello en la guillotina y soltó la cuerda.

A la mañana siguiente, Victoria fue la primera en llegar al parque. Encontró el cuerpo sin cabeza tirado en el suelo, junto a la guillotina. De un bolsillo de la chaqueta cadáver, sobresalía una libreta de notas. Se acercó, la sacó con cuidado, y se puso a ojearla.

-Una gran obra - dijo la niña - Casi perfecta. Tal vez si...


Un relato escrito en colaboración con Federico Rivolta.

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