Ir al contenido principal

Sábanas blancas

Abrí los ojos después de mucho tiempo. No estaba segura de cuánto tiempo había transcurrido desde mi operación. La habitación estaba en penumbra y aunque nada parecía haber cambiado, tuve una sensación extraña. Era un sentimiento de inseguridad, perturbador, que no se sustentaba en nada, tan solo en mi intuición. Giré la cabeza hacia mi izquierda y vi la cama vacía. Debieron darle el alta a mi compañera de habitación durante mi inconsciencia. Me alegré por ella, había sido muy amable, pero no pudo dejar de extrañarme. Su estado no parecía haber mejorado desde que ingresó en el hospital. Harta de esperar y de mirar al techo, dejando pasar las horas, me levanté hambrienta en busca de algo que echarme a la boca. 

El pasillo estaba desierto. Avancé por el corredor con el alma encogida, envuelta por sombras cambiantes que nunca me daban un respiro. Llegué, por fin, a la entrada de la planta de neumología. Estaba cerrada, agarré el pomo con fuerza e intenté girarlo para abrirla. Quedé sorprendida ya que no opuso resistencia. Tiré de la puerta asomándome con cautela a una sala sin ventanas, cuya luz procedía de dos grandes fluorescentes colocados en mitad del altísimo techo, esplendoroso, tan blanco como las paredes, contrastando con las cagadas de moscas que pululaban alrededor. Al fondo, dos camas cubiertas con sábanas blancas, con bordes rematados en azulina y letras blancas, donde podía leerse: Hospital Universitario Nuestra Señora de la Resurrección. Sobre una de ellas, un bulto que no llegaba a concretarse y al que no di importancia entonces.

Desconcertada, no me sonaba absolutamente nada de lo que estaba visualizando, ni siquiera el nombre que parecía ser identificativo del lugar, adelanté unos pasos. Atravesé la doble puerta de la que sólo una de las hojas permanecía abierta. La otra, permanecía cerrada. Un enorme fechillo de seguridad recorría el canto lateral de la misma de arriba a bajo. Miré a la izquierda, un banco de madera de unos dos metros de largo, sin respaldo, estaba ocupado por dos mujeres que hablaban para sí y a las que mi presencia pasó inadvertida. A la derecha, otro banco idéntico, vacío. Me adentré hasta la mitad de aquella enorme y cada vez más fría habitación. Miré hacia atrás, otro banco hacía presencia prácticamente pegado a la puerta. Extrañamente se encontraba ocupado por un conocido, mi ex marido, que tampoco parecía haberme visto llegar. No me extrañó demasiado en él, siempre ha sido muy despistado. Ahora, los lagrimones que lloraba desoládamente podían incluso justificarlo.

Cada vez más turbada sin poder imaginar qué estaba ocurriendo, me aproximé a él, me senté a su lado, miré directamente sus anegados ojos y coloqué mi mano sobre uno de sus hombros apretando ligeramente - Tranquilo, no pasa nada, dije. Él continuó sin inmutarse. Sus ojos no miraban los míos. Tuve la impresión que estaba perdido entre pensamientos. 

 - ¡He sido un cabrón!, decía. Ella no merecía..., cuánto siento…! 

Su monólogo hacía referencia a hechos ocurridos en los últimos tiempos pasados a mi lado. Yo, a pesar de no entender absolutamente de qué iba, intentaba quitarle importancia a cuanto se recriminaba, pero su ensimismamiento parecía impedir que se enterara. Continuó sin mirarme por más que lo tocaba, le limpiaba alguna lágrima, hablaba más alto, nada parecía consolar su pena, ni activar sus oídos. 

 De pronto, se escuchó un ruido de bisagras a las que seguro faltaba grasa. Todos, sin excepción, miramos hacia el mismo lugar. Una aparatosa mujer irrumpía el silencio. Ataviada con cofia y delantal blanco, sus brazos se apoyaban en las hojas de la gigantesca puerta, ahora abierta de par en par Señores, si les parece, ya ha amanecido. Hay gente esperando hace rato. Creo que es hora de abrir las puertas para que pasen. Miré hacia las camas nuevamente. Entonces caí. Se trataba de un tanatorio y aquel bulto tapado con la sábana era seguramente un cuerpo difunto al que estaban velando Quién, me pregunté, quizás la nueva pareja de mi ex. Me levanté de un salto. Me dirigí a la cama de la derecha, abrí la sábana para conocer definitivamente el rostro de quien yacía.

 ¡Joder, soy yo, estoy muerta. Bueno, por fin terminó todo!, dije.




Concurso: Escribir a dúo. Por Santiago Estenas Novoa y Menchi Arbego


Publicar un comentario en la entrada

Lo más leído

Zicatrizes, libro 1º, capítulo I: Zipote

– Bueno, que era eso tan importante que tenías que decirme – dijo Víctor apenas se hubo sentado a la mesa.
– Mira, te lo voy a soltar a bocajarro, sin paños calientes – Ben hizo una pausa para dar un sorbo a la Mahou que le habían servido en una jarra –. Una zombi me mordió la polla. Menos mal que tenía unas gomas elásticas. Me las puse en la base del nabo a modo de torniquete y detuve la infección. Sino ahora estarías hablando con un zombi come cerebros.
Estiró su brazo hasta alcanzar sus partes, y las acarició por encima del pantalón como si fueran un cachorro.
– ¡Joder! Se me ha encogido solo de escucharte – dijo Víctor con sincera camaradería.

Tiempos de muerte

    –Un cúmulo de acontecimientos nos ha arrastrado hasta esta embarazosa situación.–En efecto, no hubiera podido expresarlo con mayor precisión – asintió el hombre que le apuntaba con un revólver.    –Agradezco sus palabras. Como narcisista que soy, el halago me reconforta, me colma de confianza – sus ojos brillaron como una fogata de campamento en la oscuridad de la noche –. Aunque reforzar mi confianza, quizás sea un error por su parte, dadas las circunstancias.    –Le agradezco el consejo. Intentaré no acrecentar su ego desde este preciso momento.

Asesinas de felpa: Matilda

    Los padres de Irina despertaron aquella mañana de buen humor. Habían dormido plácidamente, y fueron a la habitación de su hija antes de  ir a tomar el desayuno. 
    La niña tenía pesadillas desde hacía tanto tiempo, que no era capaz de recordar cuando habían comenzado. Eras muy pequeña, le decían sus padres, no te preocupes, pronto desaparecerán. A estas alturas ya sabía que sus padres solo trataban de consolarla, las pesadillas no desaparecerían pronto, tal vez nunca. Sin embargo, sus palabras la reconfortaban, aunque fuese tan solo durante unos instantes. Unos valiosos segundos de calma en aquella tempestad constante que era su mente pueril. Entonces se acurrucaba en la cama y sonreía con profusión, tratando de disfrutar intensamente su tan etérea felicidad.    Un día, viéndola sonreír, su padre decidió comprarle un muñeco de felpa para que lo abrazase y estrujase tanto como necesitara. Visitó varias tiendas de juguetes buscando el peluche perfecto para su amada hija. Al atard…