Kang Admi



Llegué a la ladera sur, del monte Kailash, poco tiempo después de anochecer. La ascensión a plena luz del día, me había mostrado la cara amable de la imponente montaña. El níveo brillo del glaciar guiaba mi marcha, como lo haría un faro con un buque en una noche de tormenta. Con las fuerzas intactas, avanzaba a buen ritmo en mi carrera hacia la cima. 

Ahora, la oscuridad de la noche, había convertido la montaña en un mar de rocas negras, algunas de ellas con formas aterradoras para una mente sugestionada por el terror a lo desconocido. Desde que vi aquel monstruo merodeando cerca de la cima no hubo descanso ni para mi cuerpo ni para mi alma. Corrí en pos de mi hogar como Odiseo, entorpecido por los dioses y los elementos. Temiendo quedar atrapado durante años en un viaje sin fin, que iría corroyendo mi espíritu, con la única esperanza de  que mi mundo no se hubiese desmoronado a mi vuelta.

Sucedió al asomar la cabeza por encima de un risco. Estaba confiado durante la ascensión, me sentía en plena forma y parecía que nada iba a detenerme. Pero tras ese peñasco se escondía algo terrible. Un monstruo de rasgos simiescos estaba erguido sobre una de las rocas. Parecía contemplar el horizonte, quizás buscando alguna presa que devorar. Era lanudo y de gran tamaño, puedo asegurar que superaba de largo los dos metros de altura. A pesar de su talla, su movimientos eran gráciles. Pensé que pudiera tratarse de alguna especie de simio, aislada durante millones de años en esta inhóspita cordillera. No obstante, al prestar mayor atención al monstruo, comencé a sospechar que mi primera hipótesis era errónea por completo. A diferencia de los simios, en este ser contabilicé tan solo cuatro dedos en sus manos. Me apretujé más si cabe detrás de la roca para no ser visto. Porque a pesar del peligro, mi curiosidad me obligaba a observar a aquel colosal ejemplar, al que los nepalíes llamaban Kang Admi. 

Fue entonces cuando mi fortuna cambio. El viento roló hacia el sur, permitiendo a la bestia olfatear mi posición. Giró de improviso, buscando la presa que acababa de rastrear. Su rostro me sobrecogió. Estaba cubierto del mismo pelo lanoso que el resto del cuerpo. Su nariz era gruesa y basta, cubierta de cráteres y pústulas. Sus labios eran negros y agrietados, carnosos, tenían cierto aire equino. Su dentadura diezmada, le confería un aire más amenazador al acrecentar su fealdad. 

Cuando me miró con su único y gran ojo, sabiéndome descubierto, comencé a correr ladera abajo. Tropezando a cada pocos cientos de metros. Sin mirar atrás, con la seguridad de que el gran Kang Admi no andaría lejos.

Al llegar la oscuridad mi huida se convirtió en una concatenación de caídas y resbalones. Sentí la soledad más absoluta. Los peores temores de la humanidad se fueron aglutinando en mi mente, sometiéndola a un miedo que nadie podía consolar. Escuché durante toda la noche los alaridos del monstruo, quizá lamentándose por haber perdido su presa, quizá delimitando su territorio, jamás lo supe. Y con aquella tétrica nana finalmente me dormí.

Mi cuerpo fue hallado la primavera siguiente, todavía congelado, acurrucado tras una piedra negra que no pudo protegerme del frío. En esta ocasión la historia había cambiado. Odiseo no consiguió escapar de la cueva de Polifemo. Mi espíritu quedó anclado a estas montañas. Errando día y noche, sin poder encontrar nunca el camino de vuelta. Con la única compañía de aquel monstruo de un solo ojo.




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