Ir al contenido principal

Un juego macabro


- Quizá la simplicidad de los acontecimientos le haya confundido, señor Araújo. Aunque porque negarlo, estoy disfrutando con la confusión. No todos los días tiene uno la oportunidad de saborear una sensación de omnipotencia, sobre todo en mi caso, se hace cargo ¿verdad?
Sin embargo, ahora creo que ya es consciente de las consecuencias que acarreará su negativa a obedécerme. 
Muy bien, prosigamos con el juego, y esta vez le ruego que deje de interrumpirme. Mmmm veamos, todavía nos quedan ocho dedos. intentemos pues un desempate, ¿le parece?
Los ojos de Araújo se inyectaron en sangre. Todo su cuerpo comenzó a temblar, trasladándose los temblores a la silla a la que estaba amarrado. Fue su última tentativa por alcanzar la libertad. No obstante, su libertad era ya tan solo una quimera. Sus cartas estaban marcadas desde que conoció a Blas. No era capaz de explicar el maléfico influjo que ejercía sobre él. Se había convertido en una marioneta en sus manos. 

- Tiene mala cara ¿sabe? Creo que pronto terminaremos con el juego. Quizá un par de preguntas más... - cogió la carta superior del mazo, situada en el borde derecho del tablero. La leyó y esbozó una perversa sonrisa. 
- Vaya, no conozco la respuesta. Imagino que usted tampoco. ¿Desea que se la lea? - mientras hablaba, había vuelto a coger el cuchillo ensangrentado, con el que le había seccionado los dos primeros dedos.

Un grito desgarrador saturó la sala, impregnando cada átomo de la habitación de dolor y desesperación. Todavía hoy, algunas personas aseguran oír aquel grito al entrar allí. Un grito casi inhumano, lastimero y que se va apagando como una vela dentro de una campana de cristal. Una voz que grita cuatro simples palabras, "Sal de mi cabeza".



1º Concurso "El corazón del delator" - Círculo de escritores

Publicar un comentario en la entrada

Lo más leído

Zicatrizes, libro 1º, capítulo I: Zipote

– Bueno, que era eso tan importante que tenías que decirme – dijo Víctor apenas se hubo sentado a la mesa.
– Mira, te lo voy a soltar a bocajarro, sin paños calientes – Ben hizo una pausa para dar un sorbo a la Mahou que le habían servido en una jarra –. Una zombi me mordió la polla. Menos mal que tenía unas gomas elásticas. Me las puse en la base del nabo a modo de torniquete y detuve la infección. Sino ahora estarías hablando con un zombi come cerebros.
Estiró su brazo hasta alcanzar sus partes, y las acarició por encima del pantalón como si fueran un cachorro.
– ¡Joder! Se me ha encogido solo de escucharte – dijo Víctor con sincera camaradería.

Tiempos de muerte

    –Un cúmulo de acontecimientos nos ha arrastrado hasta esta embarazosa situación.–En efecto, no hubiera podido expresarlo con mayor precisión – asintió el hombre que le apuntaba con un revólver.    –Agradezco sus palabras. Como narcisista que soy, el halago me reconforta, me colma de confianza – sus ojos brillaron como una fogata de campamento en la oscuridad de la noche –. Aunque reforzar mi confianza, quizás sea un error por su parte, dadas las circunstancias.    –Le agradezco el consejo. Intentaré no acrecentar su ego desde este preciso momento.

Asesinas de felpa: Matilda

    Los padres de Irina despertaron aquella mañana de buen humor. Habían dormido plácidamente, y fueron a la habitación de su hija antes de  ir a tomar el desayuno. 
    La niña tenía pesadillas desde hacía tanto tiempo, que no era capaz de recordar cuando habían comenzado. Eras muy pequeña, le decían sus padres, no te preocupes, pronto desaparecerán. A estas alturas ya sabía que sus padres solo trataban de consolarla, las pesadillas no desaparecerían pronto, tal vez nunca. Sin embargo, sus palabras la reconfortaban, aunque fuese tan solo durante unos instantes. Unos valiosos segundos de calma en aquella tempestad constante que era su mente pueril. Entonces se acurrucaba en la cama y sonreía con profusión, tratando de disfrutar intensamente su tan etérea felicidad.    Un día, viéndola sonreír, su padre decidió comprarle un muñeco de felpa para que lo abrazase y estrujase tanto como necesitara. Visitó varias tiendas de juguetes buscando el peluche perfecto para su amada hija. Al atard…