Ir al contenido principal

Mi obra


El color púrpura impregnaba la tierra bajo mis pies. El vital fluido se filtraba a través de las  grietas aradas con el cuchillo, que con tanta habilidad me jactaba de manejar. Me alejé unos pasos, andando de espaldas, para contemplar "mi obra" en su totalidad. Quise hacerlo desde la perspectiva de un extraño, no de su autor. Sabía que era difícil abstraerse, pero quería que el impacto causado en el público fuera colosal. No cabía la autocomplacencia en este momento. Este era el culmen a todo mi aprendizaje. Hoy me daría a conocer al mundo. Ellos debían conocer al sumo sacerdote del mal.

Me detuve al llegar a lo alto de un pequeño montículo, habría caminado un centenar de pasos. Siempre con la vista puesta en "mi obra". Me tenía cautivado, notaba su influjo penetrando mi alma, apoderándose de ella. Era una sensación embriagadora, cada vez más cercana al éxtasis.

Ya casi no era dueño de mis actos, sin duda "mi obra" había sido elaborada a la perfección. Mi cuerpo dejó de responderme. Me veía a mi mismo realizando extraños movimientos, una especie de desenfrenado e incontrolable baile que no podía detener. 

El baile terminó convirtiéndose en una carrera montículo abajo. Mi boca no emitió ni un solo sonido, pero mi cerebro quedó sordo por mis gritos de pánico. Aquella carrera me llevaba directamente al centro de "mi obra", justo donde se encontraba la única estaca desocupada. 


1º Concurso "El morador de las tinieblas" - Círculo de escritores

Publicar un comentario en la entrada

Lo más leído

Zicatrizes, libro 1º, capítulo I: Zipote

– Bueno, que era eso tan importante que tenías que decirme – dijo Víctor apenas se hubo sentado a la mesa.
– Mira, te lo voy a soltar a bocajarro, sin paños calientes – Ben hizo una pausa para dar un sorbo a la Mahou que le habían servido en una jarra –. Una zombi me mordió la polla. Menos mal que tenía unas gomas elásticas. Me las puse en la base del nabo a modo de torniquete y detuve la infección. Sino ahora estarías hablando con un zombi come cerebros.
Estiró su brazo hasta alcanzar sus partes, y las acarició por encima del pantalón como si fueran un cachorro.
– ¡Joder! Se me ha encogido solo de escucharte – dijo Víctor con sincera camaradería.

Tiempos de muerte

    –Un cúmulo de acontecimientos nos ha arrastrado hasta esta embarazosa situación.–En efecto, no hubiera podido expresarlo con mayor precisión – asintió el hombre que le apuntaba con un revólver.    –Agradezco sus palabras. Como narcisista que soy, el halago me reconforta, me colma de confianza – sus ojos brillaron como una fogata de campamento en la oscuridad de la noche –. Aunque reforzar mi confianza, quizás sea un error por su parte, dadas las circunstancias.    –Le agradezco el consejo. Intentaré no acrecentar su ego desde este preciso momento.

Asesinas de felpa: Matilda

    Los padres de Irina despertaron aquella mañana de buen humor. Habían dormido plácidamente, y fueron a la habitación de su hija antes de  ir a tomar el desayuno. 
    La niña tenía pesadillas desde hacía tanto tiempo, que no era capaz de recordar cuando habían comenzado. Eras muy pequeña, le decían sus padres, no te preocupes, pronto desaparecerán. A estas alturas ya sabía que sus padres solo trataban de consolarla, las pesadillas no desaparecerían pronto, tal vez nunca. Sin embargo, sus palabras la reconfortaban, aunque fuese tan solo durante unos instantes. Unos valiosos segundos de calma en aquella tempestad constante que era su mente pueril. Entonces se acurrucaba en la cama y sonreía con profusión, tratando de disfrutar intensamente su tan etérea felicidad.    Un día, viéndola sonreír, su padre decidió comprarle un muñeco de felpa para que lo abrazase y estrujase tanto como necesitara. Visitó varias tiendas de juguetes buscando el peluche perfecto para su amada hija. Al atard…