El portal de Tajwak


No muchas personas tuvieron en su vida la desventura de conocer la Verdad, a pesar de que es un daño al que la paradoja humana nos empuja. Sin embargo, yo, y digo esto con gran pesar de mi alma, he sido conocedor del más profundo y aterrador secreto del universo. No soy capaz de aseverar, si el camino recorrido fue largo o si en cambio consistió en unos pocos pasos. Es más, se produjo de forma involuntaria e inconsciente, y sobre todo imprevista. No hubo indicios de mi aproximación, sobrevino de forma abrupta y definitivamente catastrófica. 

Aquel día mi vehículo se averió y tuve que salir en busca de ayuda en aquellos incivilizados parajes. Anduve por un bosque durante varias horas, desorientado por el homogéneo paisaje. Grandes árboles de nombres desconocidos, se apretujaban formando un muro gris de superficie irregular surcada por finos canales de tonos más oscuros. A mayor altitud, una miríada de hojas de aspecto sombrío y amenazante pululaban similares a mariposas que cortaban el paso a los rayos del sol.

Nube negra

La oscuridad se cernía sobre mi. Su textura era como de algodón  regado con dulce caramelo, sin embargo, olía a humedad rancia. Su opacidad me envolvía, apenas si me atrevía a mirarla. La primera vez que apareció, creí ver unos pequeños ojos, que brillaban con el fulgor de un sol entre tanta negrura.
Pero como iba a ser aquello verdad. ¿Dónde se había visto una nube así? Solamente en los cuentos. Pero yo ya no podía creer en los cuentos, yo ya no era una niña, me repetía a mi misma para ahuyentar estos pensamientos.

No obstante, allí estaba aquella nube inmensa, que parecía querer acunarme o despedazarme, según se le antojase en cada  momento. ¿Por qué nadie más era capaz de verla? Aquello me atemorizaba más que la propia nube. ¿Estaba volviéndome loca? Mis padres siempre me dijeron que dejara de imaginar. Que inventarme historias no era buen camino en la vida. Pero, si mi vida había sido siempre imaginar, ¿qué sería de mi ahora?

El ocaso

Me desperecé por la mañana para disfrutar de la suave brisa del fin del mundo. Hoy había sido elegido como el del fin de los tiempos. Aunque en realidad, el fin había llegado mucho antes. 

Un día apareció el presidente en televisión. Más bien, fueron todos ellos, todos los presidentes. En cada país el propio, con rostro compungido la mayoría. Intentaron infundir valor en las personas, solicitarles un último esfuerzo. Trabajando con ahínco habría una posibilidad.

Las personas deseaban creer. Pero no los viejos, muchos de ellos se desentendieron. Lo habían visto ya todo, menos el fin del mundo. Sería una muerte a lo grande, un gran ultimo acto para una vida ordinaria.

Pueblo maldito


-Tome asiento señor. Disculpe, no conozco su nombre. Usted no es de por aquí, ¿verdad? - el inspector Wolver hizo un ademán invitándole a sentarse mientras decía estas palabras.
-Sí, en efecto, me mudé a Blouton Hill hace cosa de medio año. - El forastero parecía muy nervioso, no mantenía la mirada fija en ninguna parte, escudriñaba cada estantería, cada objeto del despacho. 
-Y bien, ¿en qué puedo ayudarle? Señor - Wolver remarcó la última palabra, pues seguía sin conocer el nombre de su interlocutor. Realmente aquel hombre le resultaba molesto. 
-Bueno, usted quizá no lo haya notado - titubeada al pronunciar cada palabra, aunque se obligaba a continuar su discurso- sé que suena descabellado, pero me atrevería a asegurar que el pueblo esta maldito.

Mi obra


El color púrpura impregnaba la tierra bajo mis pies. El vital fluido se filtraba a través de las  grietas aradas con el cuchillo, que con tanta habilidad me jactaba de manejar. Me alejé unos pasos, andando de espaldas, para contemplar "mi obra" en su totalidad. Quise hacerlo desde la perspectiva de un extraño, no de su autor. Sabía que era difícil abstraerse, pero quería que el impacto causado en el público fuera colosal. No cabía la autocomplacencia en este momento. Este era el culmen a todo mi aprendizaje. Hoy me daría a conocer al mundo. Ellos debían conocer al sumo sacerdote del mal.

Me detuve al llegar a lo alto de un pequeño montículo, habría caminado un centenar de pasos. Siempre con la vista puesta en "mi obra". Me tenía cautivado, notaba su influjo penetrando mi alma, apoderándose de ella. Era una sensación embriagadora, cada vez más cercana al éxtasis.

Ventana a la oscuridad


Aquel gigantesco globo ocular volvió a asomar por el ojo de buey. En estado de seminconsciencia lo había visto ya un par de veces. Sin embargo, mi aturdido cerebro no había procesado la información. Ahora, ya despabilado, un terror ácido recorrió mi cuerpo. Intenté mantener la calma para no mover ni un solo músculo y contuve la respiración. Me creía más seguro si seguían pensando que permanecía inconsciente. En realidad, sabía que mi protección era tanta como la que ofrece una sábana a un niño en una noche de tormenta. No obstante, esperé hasta que el ojo desapareció.

Un juego macabro


- Quizá la simplicidad de los acontecimientos le haya confundido, señor Araújo. Aunque porque negarlo, estoy disfrutando con la confusión. No todos los días tiene uno la oportunidad de saborear una sensación de omnipotencia, sobre todo en mi caso, se hace cargo ¿verdad?
Sin embargo, ahora creo que ya es consciente de las consecuencias que acarreará su negativa a obedécerme. 
Muy bien, prosigamos con el juego, y esta vez le ruego que deje de interrumpirme. Mmmm veamos, todavía nos quedan ocho dedos. intentemos pues un desempate, ¿le parece?