Soliloquio de un demente


Resulta tan difícil describir con palabras la felicidad o, el sabor amargo, como al mismo infierno. Aunque ahora, ya no necesito que nadie me lo describa. Formo parte de él. Porque el infierno, no es un lugar de paso. Te atrapa desde el primer instante, y va incluyéndote en su ser. Pasas a formar parte de sus entrañas. Te alimenta con miedo y desesperación, hasta que, finalmente, ya no quieres abandonarlo. Tan solo deseas que todo termine. Te aferras a esa pueril esperanza. Y entonces, decides enfrentarte a él. Que vanidosos somos a veces, un insignificante ser humano contra toda la fuerza del mal.

Sin embargo, en lo más profundo de mi ser, conozco la verdad. Aunque la intente ocultar bajo gruesas capas de esperanza. Pero, por ese mismo motivo, no tengo nada que perder. Me enfrentaré a él, al menos, me dará esa satisfacción. Poco bagaje para tanto sufrimiento. Pero, ¿acaso el infierno no consiste en eso?
Miro aquella puerta desde el sillón, con la pistola bien a mano. Jugueteando con la copa de brandy, sin la que, sin duda, no sería capaz de afrontar esta situación.
Aquel engendro, sigue allí dentro. No sé qué o quién es, pero sin duda, es pura maldad. Yo, he conseguido mantenerme con vida hasta el final. Comportándome como un cobarde, debo admitirlo. Pero ahora, ahora, ya no hay nadie que se interponga entre la Bestia y yo. De todas formas, aunque consiguiera esconderme de ella indefinidamente, ¿qué vida me esperaría? Sería la vida una alimaña, escondida de la luz del día, temerosa de los depredadores, esperando impacientemente la oportunidad de robar un mendrugo de pan. Algún día, quizá, alguien encontraría mis restos, agazapados tras un escritorio, con las manos cerradas en un puño, como señal de miedo y dolor.
Ahora ya dudo de todo, incluso de mi cobardía. En cada una de mis acciones, me avergonzaba de mi comportamiento. Me atormentaba creyéndome el peor ser humano. Un vil pusilánime, que abandonaba a sus compañeros en el campo de batalla, para retirarse a la seguridad de la retaguardia. Mientras, veía como ellos se aferraban a la esperanza y, afrontaban todas las dificultades con la mayor de las determinaciones. Pero, ¿acaso no era el mío un castigo mayor, que enfrentarse con gallardía al mismo infierno?

¡Qué inocente fui! ¡Ahora lo sé! Esos hombres, no demostraban arrojo ni determinación. Simplemente, habían decidido poner fin a todo aquello. Su mente, había mutado, ya no seguía razonando como antaño. El miedo había actuado como una piedra filosofal en sus cerebros. Lo que antes era bizarría y lucidez, se había transformado en aflicción y locura. Una locura consciente, una locura que todo lo envuelve y de la que emanan todos los pensamientos del individuo. Una locura, que se confunde con osadía o audacia, por quien es ajeno a ella. Una locura, en la que una vez estas sumergido, aclara las dudas sobre el mundo que te rodea. Rediseña tu mente con una nueva perspectiva, y te colma de nuevos deseos y objetivos.
  
Por fin, me siento cómodo con mis pensamientos. Aquí sentado en este viejo sillón, aletargado por el calor del hogar encendido y por la embriaguez que me produce el brandy añejo. Solamente espero a que aparezca la Bestia, como un niño esperaría la llegada del autobús que lo condujera al colegio. Pero todavía tengo tiempo. No es mediodía, y mi experiencia me dice, que prefiere las sombras y la oscuridad. La hora de los sueños y las pesadillas. La hora en la que todos los mundos se conectan a través de las ensoñaciones y se funden en un universo onírico, que más tarde olvidamos, o en algunos casos, recordamos como algo irreal.

Ahora sonrío al recordar mis sueños, que yo creía tan absurdos. Esos seres abominables de los que huía, que pretendían acabar con mi vida, y de los que terminaba escapando despertándome sobrecogido y empapado en sudor. Todo aquello, era tan real como lo es esta maldita villa, y el mal que cobija.
Pero el destino, no admite timonel ni lazarillo que le guíe. Avanza al ritmo de un oleaje embravecido por fuerzas ocultas que escapan a nuestro entendimiento. Y nosotros, solamente podemos decidir entre permanecer en cubierta o arrojarnos al mar.
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