El árbol de la sabiduría

Quedé cautivado por la belleza de aquel árbol. Era otoño y sus hojas se desprendían, realizando un delicado baile hasta alcanzar el suelo. Sus ramas, aun medio despobladas, eran muy hermosas. Se entrecruzaban de maneras poco comunes, formando increíbles figuras. Uno podría tumbarse en la hierba y jugar a adivinar formas, como haría con las nubes.

Pero este, no solo era un árbol majestuoso. Mi búsqueda había finalizado, me encontraba ante el depositario de todo el conocimiento universal. Este era, sin duda, el Árbol de la Sabiduría, que tanto tiempo había empleado en encontrar.

Acerqué mi mano a su tronco. Inmediatamente noté una especie de descarga eléctrica emanando  de su nudoso cuerpo e introduciéndose en mi a través de los dedos. Era una sensación placentera, como un débil hormigueo que acariciaba todo mi ser. Aquellos impulsos eléctricos me recorrían completamente, pero indefectiblemente su viaje no terminaba hasta alcanzar mi cerebro.
En un breve espacio de tiempo se transfirió a mi mente todo aquello que siempre quise saber y también lo que nunca hubiese querido. Me sentí maravillado y agotado al mismo tiempo. Durante ese lapso de tiempo, no dejé de sorprenderme, excitarme y conmoverme. Lloré y reí a un mismo tiempo. Retocé en la hierba y golpeé con mis puños desnudos el duro suelo. Fue una sensación irrepetible, profunda y a la vez concluyente. Pensé que todo el esfuerzo para encontrar el árbol había valido la pena. Que mi vida había dado un vuelco, y ya nada sería como antes.

No anduve desencaminado en este pensamiento, aunque no en la manera que yo esperaba. Tras los primeros momentos de éxtasis, mi mente fue asimilando toda la información. Este proceso se prolongó durante unas horas. No obstante, me fue invadiendo paulatinamente una sensación de hastío como jamás había conocido. 

Ya nada me interesaba, nada despertaba mi curiosidad o mi atención. Conocía todo aquello que podía conocerse. Las artes no tenían secretos para mí, tampoco la ciencia o la filosofía. Y mi cuerpo lentamente cayó en un estado de atonía, mientras contemplaba el horizonte, viendo el infinito, sin observarlo, porque ya lo conocía. Mi cerebro, finalmente, se paralizó. Con el tiempo, de mis pies brotaron raíces, que se adentraron profundamente en la tierra, mi piel se endureció y tomó la textura del corcho, y mis cabellos se convirtieron en hojas. Junto a mí, el Árbol de la Sabiduría se quebraba. Su estructura, ahora hueca, ya no podía soportar por más tiempo el peso de sus ramas.
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