El bosque

    
 

    Hugo corría campo a través huyendo de la pandilla de Toni. Las ramas bajas de los árboles le azotaban el cuerpo y la cara cada pocos metros.  Desorientado y falto de aliento se detuvo en medio del bosque para recobrar fuerzas. Se dio cuenta de que ya no escuchaba más que el latido de su corazón, era como el retumbar de un tambor en una cueva. Afinó el oído intentando aislarse de aquel sonido ensordecedor. Distinguió el canto de algún pájaro que no supo identificar, tal vez alguna liebre escarbando una madriguera, pero nada que se le pareciese a un grupo de preadolescentes en plena cacería.

Abnegación


Entré en aquel bar atraído por su tenue luz. Aquella noche había salido buscando algo de aventura. Deseaba encontrar una de aquellas mujeres que tantas veces había descrito en mis novelas. Los buenos tiempos del cine negro terminaron muchos años atrás, pero yo les había echado el ancla para que no se alejaran. Cada día martilleaba el papel intentando recogerla, pero cada día sentía como la soga se escurría entre mis dedos ensangrentados.

Recopilación de relatos

Ya está disponible para descargar de forma gratuita la primera recopilación de relatos de este blog. Espero que os guste.


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Espere su turno

    

    Cientos de personas se apiñaban en la sala de prensa del Ministerio de Igualdad.  Había hombres nerviosos, decididos, recelosos. Juntos conformaban una amplia paleta de sentimientos y estados de ánimo. Lo único que no había aquella mañana de enero en la sede del ministerio eran mujeres.
    No tardaron en aparecer cuatro personas vestidas con uniforme. Dos hombres y dos mujeres, de acuerdo con las estrictas normas ministeriales. Tomaron asiento y esperaron pacientemente a que el silencio se adueñara de la sala.
    ─Buenos días a todos y todas las presentes ─ comenzó diciendo la mujer que estaba sentada más a la derecha.
    ─En cumplimiento de la ley vigente haremos público ─ añadió el hombre sentado a su izquierda.
    ─El censo poblacional del estado a fecha de ─ prosiguió la mujer que se sentaba en la silla vecina.
    ─Treinta y uno de diciembre es el siguiente ─ concluyó el hombre que ocupaba el extremo derecho.

Cementerio de animales



1

    La campanilla tintineó al abrirse la puerta de la tienda. Las pajareras se agitaron lanzando una nube de plumas y graznidos. En el umbral apareció un niño de unos nueve años. Era bajo para su edad, vestía pantalón corto, y tenía las rodillas manchadas de barro.
    ─¿Qué te trae hoy por aquí?
   ─Hola señor Tibli, quería comida para Obispo. He estado buscando algún bicho que darle en el parque, pero no he encontrado nada ─ dijo encogiéndose de hombros.
    ─Estupendo, tengo unos grillos por aquí detrás que seguro que le gustarán. Me los trajeron ayer por la tarde, así que todavía son casi salvajes.
    Tomi ya no le escuchaba, se había acuclillado frente a una vitrina que formaba parte del mostrador. Alumbrados por una luz verduzca había tres insectos que no había visto jamás. Eran extraños de forma sutil. Tal vez por su color, algo más brillante de lo habitual en un insecto, o por la forma de su cuerpo, más alargada que la de los escarabajos comunes.

El viejo y el niño


    El viejo empujó al niño contra el abismo, estaba furioso. Sus cejas cimbreaban como un bosque de abetos azotados por el invierno. Sus fosas nasales se abrían y se cerraban, y se volvían abrir. Parecían dudar entre dar aire a aquel cascarrabias o ahogarlo en su propia ira. Blandía un palo recio y nudoso, tal vez lo guardaba desde sus tiempos de pastor, pensó el niño. El niño con sus manitas apretadas no podía hacer otra cosa que temblar. Su garganta era un pozo seco tras una larga sequía. En su inocencia pensaba que sus lágrimas la habían secado. Que ya no quedaba más agua en su cuerpo con la que regar su voz, y que no podría volver a hablar hasta que bebiese un buen trago.

La piedra azul

  
  Una maraña de pensamientos, eso era mi vida. Un ir y venir de ideas disolutas que no me llevaban a ningún sitio. Me encerraba en casa y y cuando era de día no me quedaban fuerzas ni para subir las persianas. Tampoco hacía el esfuerzo de encender la luz, así que me quedaba quieto en la oscuridad. Muchas veces perdía la noción del tiempo. Comía a deshora, y si no había nada en la nevera ayunaba hasta que alguno de mis hijos me traían algo. Aireaban la casa, me daban de comer y me contaban alguna anécdota de su trabajo. Pura cháchara. Luego se iban por donde habían venido y yo me volvía a quedar solo, esta vez a plena luz del día.

El ojo de Satán


Ya eran más de media noche cuando Kyle y John tomaron asiento en los sillones de la biblioteca. La noche había enmudecido, y el alboroto de las horas precedentes no era más que un dulce recuerdo en las temerosas almas de los dos hombres. No había ya rastro alguno de sus ruidosos habitantes. Tan solo oscuridad, y el suave  tintineo de los cristales tallados de la lámpara de la biblioteca al chocar entre sí.
    John reposó la escopeta sobre su regazo y adoptó una posición erguida, similar a la de un perro de presa. Parecía dispuesto para saltar sobre una posible víctima en cualquier momento. Kyle se mostraba nervioso. Se retorcía en su asiento modelando su cuerpo de tal forma que casi sobrepasaba los límites de su propia fisionomía.
     – No te pongas demasiado cómodo muchacho. No quiero que te me duermas en mitad de la guardia – dijo John divertido.

Hotel 5 estrellas

El señor Guzmán tenía una barba frondosa y desaliñada, de esas que causan respeto entre los muchachos y temor entre los adultos. Se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo de tela que guardaba en un bolsillo de la chaqueta. Al colocárselas de nuevo vio que Dani, el botones, le saludaba con un leve gesto de cabeza. El resto de empleados del hotel fingían no verle. Cuando se cruzaban con él simulaban con torpeza estar muy atareados, o sencillamente miraban hacia otro lado. Pero si no muerdo a nadie, se decía el señor Guzmán al ver pasar a los huraños empleados.
Eran ya las diez de la noche cuando Dani se acercó al sillón de la recepción donde se sentaba a diario el viejo barbudo.
–Vamos a cerrar las puertas señor Guzmán – dijo el botones dibujando con sus labios una sonrisa marchita.
–Gracias Dani. ¿Nos vemos mañana?
–Desde luego señor, creo que podré traerle unas magdalenas para desayunar – dijo satisfecho.
El señor Guzmán le correspondió saludando con su viejo sombrero, se levantó, y salió del hotel resignado. En la calle le esperaba otra noche invernal cubierta de estrellas.